Conciertos

Tanned Tin 2008: crónica del festival

Va a ser difícil, pero que muy difícil, que de ahora en adelante el festival para gourmets por excelencia nos ofrezca una edición mejor de la que nos ha regalado en su décimo aniversario. Tal y como se preveía con una ojeada rápida al cartel de esta edición, el Tanned Tin ofreció a un publico -más numeroso que nunca- momentos que quedaran anclados en los cerebros de muchos. Entremos pues en faena, porque lo que se vio del 12 al 16 de noviembre en Castellón de la Plana fue mucho y muy bueno.

Miercoles 12: calentando motores

La décima edición Tanned Tin se inauguró no con un concierto, como es habitual, sino con un documental elaborado en la edición 2007 por alumnos de Comunicación Audiovisual de la Universidad Jaume I. A short Distance (Una película sobre el Tanned Tin)’, es todo un valuoso documento de lo que se cuece delante y detrás del escenario en este peculiar festival, con entrevistas a los organizadores, a los artistas participantes y extractos de actuaciones. Sin duda, consigue lo que se propone: mostrar que este no es un festival cualquiera.

Tras el momento cinematográfico, la primera actuación musical de la noche llegó de la mano  de Eric Chenaux; a solas con su guitarra y sus pedales, hizo un set más “clásico” de lo esperado, en lo que supuso un buen inicio con folk bonito y bien facturado. Para muchos, el concierto de Arms fue la primera sorpresa del festival, gracias al pop lo-fi y desnudo que nos regaló, sin parafernalias; solo un hombre, una guitarra y un puñado de buenas canciones.

Con Fern Knight -uno de esos grupos que se aman o se odian, sin término medio- es difícil ser objetivo. Su propuesta, una mezcla de música medieval, arpas, chelos y similares con música progresiva (??), no es de fácil digestión, siendo apenas válida como banda sonora de las escenas de amor de El Señor De Los Anillos.

Los grandísimos triunfadores de la noche fueron, por práctica unanimidad, La Orquesta del Caballo Ganador; muy grande la que montaron estos benditos chalados en el Teatre Principal. Con dos baterías, dos saxos, bajo, guitarra, teclados, DJ y un conductor del invento, se marcaron un set de improvisación espectacular, que demostró que un género en tantas ocasiones demasiado intelectual puede divertir tanto a los que lo facturan como a lo que lo escuchan, con espacio también para mostrar el tralento de los músicos participantes. Se lo pasaron de muerte sobre el escenario, gritando, aporreando los instrumentos e ideando gamberradas varias, pero mejor se lo pasó el personal en las butacas.


Jueves 13: La cosa se pone seria, muy seria

La jornada del jueves empezó con una ya habitual por estas tierras, Jana Hunter, quien con miembros de Beach House haciéndole de banda firmó un set que nunca acabó de arrancar, basado en su nuevo álbum ‘There’s No Home’. The Strugglers, por su parte, demostraron que son una buena banda, que saben sonar bien y que sus canciones de folk-rock americano no están mal, pero resultaron totalmente inofensivos, algo así como unos Centro-Matic de segunda fila. No fue hasta el concierto del trío Radar Bros. cuando se empezó a convencer al personal -sobre todo a los nostálgicos fans de la banda-, a base de canciones pop-rock como puños y un estado de forma más que notable.

Beach House, una de las bandas más esperadas del festival, se estrenaban en España con uno de los discos más destacados de 2008, ‘Devotion‘, pero se entreveía un poco de miedo entre el publico por ver como trasladarían ese pop ambiental y sutil al directo. Por fortuna, no ha lugar: lo hicieron tremendamente bien -y pese al “pijama” de Victoria Legrand, su cantante-. Los ambientes somnolientos de un atardecer en la playa y una voz menos etérea que en disco, pero quizá incluso mejor que en estudio, dejaron a los asistentes más que convencidos.

Sorpresón de los buenos el que nos dieron Cass McCombs y sus dos compinches -menudos personajillos-; empezaron con un instrumental cercano al psychobilly que dejó a propios y extraños boquiabiertos (muy grande) y dispararon durante todo el concierto un rock esquizoide y metronómico que dejaba hipnotizado en la butaca. Apunten ya este nombre porque va a ser grande.

A continuación, la banda pop del año (y del festival) estuvo a la altura de las expectativas; evidentemente hablamos de The Wave Pictures, tres chavales que convierten a su credo a todo el que se cruza con sus melodías y estribillos perfectos, con canciones sencillas y directas que ya querrían muchos para sí y unas tablas que a su edad asustan. Por ponerles alguna pega, en algún momento puede que abusaran de los punteos guitarriles, pero nada grave. Con esta gente hay buen pop asegurado para rato.

Para el arriba firmante, sin duda el concierto del día y un Top 3 del festival lo protagonizaron Retribution Gospel Choir. Empezaron templaditos, e incluso algún malvado comentó que AOR, pero tras tres canciones supieron alcanzar un nivel y una intensidad demencial. Con dos tercios de Low (el actual bajista de la banda y el ínclito Alan Sparhawk), dejaron de lado la sutileza de la banda madre para dar un espectáculo de rock puro y duro, con un Sparhawk desatado que literalmente daba miedo. Acabaron el show con una versión del propio ‘Take Your Time’ de Low, para enmarcar.

El cierre lo protagonizaron Mahjongg, que tienen todos los números para romperlo el año que viene: por su actitud, porque tienen temas y porque son un jolgorio, y lo demostraron sin tapujos. Su música, una especie de mezcla entre Battles y Village People, es ideal para un final de fiesta, y si los grandes festivales del país tienen un poco de ojo ya los deberían tener fichados para cerrar alguno de sus escenarios bien entrada la madrugada. Teminaron con el publico sobre el escenario del teatro y con ganas de más.


Viernes 14: La gran dama y el ruido

El viernes, como ya es tradición desde el traslado del festival a Castellón, se abrió con los matinales gratuitos en el Casino Antiguo, y no podría haberlo hecho mejor de mejor forma, ya que la tripleta participante (Paul Marshall, Voices Of The Seven Woods y The R.G. Morrison) ofreció en conjunto el mejor matinal que uno recuerda.

Paul Marshall nos sorprendió a todos con sus temas sobre “muerte y caballos” (como él mismo describió), delicadeza, una voz preciosa y un fingertipping envidiable. Por momentos se acercaba a Nick Drake, mientras que en otros, cuando aceleraba la guitarra, se tornaba en un José González más folk. Por su parte, Rick Tornlison, aka Voices Of The Seven Woods, hizo las delicias del personal con temas instrumentales -a golpe de guitarra y pedales- que iba construyendo a base de bucles y una técnica excelente, haciéndolos crecer hasta que nos envolvían en un mundo oscuro y misterioso de brumas y sombras. Incluso cuando el amigo Rick se decidía a ponerles voz tampoco desmerecían en absoluto. La guinda la puso The R.G. Morrison, en formato trío y con un pop preciosista -a veces con influencias del folk ingles de los 60- que a mas de uno y a mas de dos les recordó a Elvis Costello, referencia nada desdeñable en absoluto.

Después de la comida y su respectiva sobremesa, las actuaciones en el Teatre empezaron con una flojilla Ora Cogan. Desde que salió al escenario parecía querer salir de allí cuanto antes, y de hecho es lo que hizo: salir corriendo tras dejarnos unas cuantas canciones que ni su particular y curiosa voz consiguieron que cuajaran entre el publico. Tras ella, Barzin se presentó con banda al completo, incluidos piano y contrabajo, y ofreció un concierto de pop de cámara que dejo a los fans encantadísimos y a los no fans no tanto, resultando un tanto empalagoso y encorsetado en su conjunto. The Declining Winter, también con toda la tropa de violines, coros y demás sobre el escenario, trasladó al directo las delicadas y tranquilas composiciones de su ‘Goodbye Minnesotta’ (2008) mejor de lo esperado. Aún así, la banda del Hood Richard Adam no consiguió evitar la sensación de ofrecer algo intrascendente. Igualmente, las suecas Audrey, esperadas con ganas por la facción post-rock, aburrieron incluso a los más acérrimos del género; tan frías como su país y sosas como ellas solas, lo que hicieron se quedaba siempre a medio camino de algo -ni pop, ni rock, ni post-rock,- algo indefinido que no les hace bien alguno.

Y entonces llego ella y la noche se enderezó; ya les vendría bien a las suequitas aprender algo de Thalia Zedek, porque lo de esta mujer sí que es grande. Con una banda más crecida en numero que en sus últimas actuaciones en España, esta figura del indie se marcó un conciertazo intenso y directo al estomago, con una voz capaz de hacer encoger los corazones. Repasó su flamante nuevo disco ‘Liars & Prayers’ (2008) y rescató los mejores temas de sus dos discos en solitario anteriores, como excelente introducción a lo que nos esperaría al día siguiente de la mano de Come. Y con Zu llegó el ruido, pero no un ruido cualquiera: noise con sentido y con coartada jazzística. Bateria, bajo y saxo(trón) -si es que a tal cacharro se le puede llamar saxo- hicieron que a su ritmo y compás más de uno se dejara el cuello y la espalda dando cabezazos sincopados, y qué bien que tocaron los muy cabrones…

Pero lo mejor de la noche estaba por llegar, y nos lo brindaron unos Dälek apocalípticos. La primera aproximación del festival al Hip-Hop no podría haber sido mejor, pues lo de estos terroristas sónicos fue de agárrate y no te menees. A la segunda canción pusieron a todo el teatro en pie, literalmente, con su Hip Hop de bases noise oscuras como ellas solas, un MC que hacía recaer todo el ritmo en sus rimas y un par de compinches que intimidaban. Redondearon la sesión de ruidaco unos curiosos Neptune, con su aproximación al noise más artie surgido de instrumentos inventados y creados por ellos mismos. No llegó a las cotas esperadas, pero su concierto fue más que meritorio. Tal vez de haber actuado antes de Zu y Dälek su propuesta hubiese ganado fuerza, ya que tras tamañas exhibiciones resultaba difícil no perder algo de fuele.


Sábado 15: La noche nostálgica

El segundo y último día de matinales en el casino nos deparó (para no desentonar) otro trío de buenas actuaciones. Abrió fuego una delicada Mary Hampton, que con su pinta de institutriz de principios de siglo desgranó con su guitarra y una voz espatarrante un buen puñado de temas de su ‘My Mother’s Children’ (2008). Otra grata sorpresa fue la de Benjamin Wetherill, jovencito de voz potente y ampulosa que junto a un saxofonista y una multinstrumentista sorprendió tanto por la calidad de sus composiciones de folk oscuro como por su puesta en escena. La guinda del pastel la puso la más que conocida por estos lares Tara Jane O’Neil. La norteamericana, esta vez acompañada de una nutrida banda, sonó menos intimista que de costumbre y nos regaló un show más “fácil” y disfrutable de lo que nos tenía acostumbrados.

La noche en el Teatre se predecía larga y emocionante, y no podía haber tenido un mejor inicio que con el inefable Sam Amidon, que acompañado al piano y la batería de Thomas Bartlett (aka Doveman) realizó un set corto que empezó un poco renqueante pero en que seguida remontó, ya que es difícil que esas maravillosas canciones folk de dormitorio que pueblan ‘All Is Well’ (2008) no lo hagan. Además, Sam demostró ser un payaso (en el buen sentido de la palabra) y showman de primera. Tras Amidon le llegó el turno a P.G. Six, un histórico de la escena de folk británica de los noventa, la que intentaba recuperar el espíritu sesentero psicodélico. Su actuación no acabó de calar, quizá por la actitud un tanto pasmada y tímida de Pat Gubler.

A continuación, llegó la hora de uno de los momentos más esperados del festival: la prometida actuación de Sr. Chinarro recuperando sus históricos primeros discos en Acuarela, que aunque finalmente no solo se ciñó a esa época y abarcó también su discografía más reciente, fue sin duda una de las más entrañables que uno recuerda de cuantas ediciones se han celebrado del Tanned Tin hasta la fecha. Luque en solitario, con una acústica colgada y soltando temazos de, por ejemplo, ‘La Tapia del Perejil’ (2002), y otras canciones míticas que según él mismo confesó no las había tocado nunca antes en directo, fue de auténtica lagrimilla.

Tras ello, Doveman volvió a escena -esta vez como protagonista- y acompañado al banjo y la guitarra por Sam Amidon, Arms a la batería y el omnipresente David Thomas Broughton haciendo de las suyas, ruiditos con voz y silla incluidos. Así, lo que corría el riesgo de ser una actuación empalagosa y azucarada se convirtió en algo precioso y emocionante, con canciones pop atemporales y versiones de Neil Young y Björk para acabar incluidas. Justo después, Deer Tick dieron el toque gamberro a la noche, cuatro chavales con pintas de acabar de salir de un instituto del sur de la América profunda que perpetraron un concierto de rock sureño añejo de tres pares de narices; el espíritu de la Creedence flotaba en el ambiente, y además fueron los responsables de la comidilla de la noche: ¿estaba justificada o no esa (por otra parte magnifica) versión de ‘La Bamba’ que se marcaron?

El momento de la noche, y por qué no decirlo, de todo el festival, fue el de la histórica reunión en exclusiva de Come. Thalia Zedek y Chris Brokaw, juntos de nuevo sobre un escenario, dieron una lección de muchas cosas: de clase, de cómo sonar atronadores sin poses, de cómo ser intensos sin ínfulas de épica algunas… Me atrevería a decir que hace más de diez años, antes de su separación, nunca hicieron un concierto tan espectacular como el que pudimos ver en ese teatro. Muy, muy grandes.

El bueno de Mount Eerie (Phil Evelum), en consecuencia, se encontró ante el papel más difícil de esta edición: demostrar la valía de su delicado y personal pop-folk lo-fi, tras la explosión de energía protagonizada justo antes por Come, no era en absoluto sencillo, e incluso se notó en la asistencia en el teatro, con la mitad del personal fuera recuperándose y perdiéndose una actuación de mucho nivel, como poco de Top 5.
La guinda para cerrar este memorable sábado la debían haber puesto The New Year, pero para muchos (redactor incluido) no fue así. Sus temas lentos, emotivos y en ciertos momento de bajón que tan bien entran en sus discos -especialmente en los dos primeros álbumes-, se quedaron a medias en su trasladación al directo, como si nunca acabasen de arrancar. Sin embargo, los fans disfrutaron de lo lindo, y para nada se puede decir que se tratase de un mal concierto.


Domingo 16: Un cierre descafeinado

Domingo y último día de festival, con lo que el lógico y consabido cansancio se veía reflejado en las caras de más de uno. El día empezó con el dúo de danesas Monkey Cup Dress, un proyecto que tiene mucho de ese pop nórdino ensoñador y oscuro a la vez, pero que te deja a la postre un estado de intranquilidad en el cuerpo. Lo más destacado de la jornada fue la actuación de las simpáticas y graciosas Agent Ribbons, dúo femenino que supo ganarse al público con su eterna sonrisa, sus bailecitos y, ante todo, con sus canciones divertidas y de calidad, mezcla curiosa de los locos años 20 con Alicia en el País de las Maravillas. Y justo tras lo mejor del domingo, llegó lo peor de todo el festival, y es que lo que perpetró June Panic no tuvo nombre. Ni tan siquiera se puede enmascarar aquello bajo la excusa de que “el lo-fi suena así”, no; para lo suyo no hay excusas.

Una vez repuestos, The Floorbirds hicieron un set casi calcado al del Casino el año anterior. Tienen canciones bonitas, y si no no les cuesta nada tirar de tradicionales americanos, mientras que sus voces, además de ser hermosas, se complementan perfectamente, pero igual un poco de evolución hacia un estilo más propio no les vendría mal. El reclamo nacional para el domingo era el siempre bienvenido Nacho Vegas, en esta ocasión un Vegas taciturno y desganado que ejecutó en solitario algunos de los temas incluidos en su inminente ‘El Manifiesto Desastre’ (2008), en la actuación más decepcionante que uno le recuerda, tanto por actitud como por la calidad del setlist escogido.

Ya en la recta final del festival, los británicos Munch Munch animaron al personal con unos temas que resultan fáciles de relacionar con Animal Collective, pero de todas formas estos jovencitos prometen y al menos parece que realmente intentan hacer algo propio; y no sólo calcar. Quizás intentan demasiadas cosas en cada tema, por lo que conviene vigilarlos y tenerlos en cuenta para cuando den con algo más focalizado y menos pretencioso, que a buen seguro les funcionará mejor.

A Mom la pérdida de su material en el viaje a Castellón les hizo reforzar más si cabe su gusto por la improvisación, y en consecuencia se sacaron de la manga un set más que interesante que dejó constancia de las tablas y recursos con las que cuentan como músicos. Finalmente, como broche del festival -no precisamente de oro- Jeniferever gustaron poco y a muy pocos, en una mezcla de los peores tics del post-rock y del emo. Con una ejecución olvidable, estos suecos aburrieron e irritaron a más de uno, pero nada que pudiese amargar el gran sabor de boca que nos ha dejado esta décima edición del Tanned Tin. En resumidas cuentas, el Tanned Tin definitivo (por ahora).

Por Ivan Murillo

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